Salió de la cama bostezando sin nada más que unos bóxers blancos, dirigiéndose a la cocina a prepararse un café. Seguía sin asimilar lo increíblemente realista que podían ser sus pesadillas algunas veces.
- Buenos días. - Dijo una voz a sus espaldas, provocando que diera un pequeño bote.
Se giró y pudo ver la misma figura que creyó haber soñado. Había dos posibilidades: o se estaba volviendo loco o realmente había hecho un pacto con un demonio. Y, francamente, no sabía cuál de las dos opciones le gustaba más.
- He dicho buenos días. - Repitió Eiken, esta vez más impaciente- Creía que serías más educado.
- ¡Buenos días, señor! - Se apresuró a responder, temeroso.
Eiken se echó a reír allí mismo. ¿"Señor"? ¿Qué hacía aquel humano tratándole con tanto respeto? No le molestaba precisamente, pero le resultaba muy divertido. Un alma tan inocente, tan miedosa. Definitivamente lo iba a pasar muy bien.
- Lo siento si he dicho algo gracioso... - Damien agachó la cabeza, sumiso. Al fin y al cabo nunca le enseñaron cómo tratar con un ser sobrenatural.
- ¿Cómo te llamas? - Preguntó el demonio, ignorando su anterior comentario.
- Damien. - Contestó, pero en seguida temió haberlo hecho mal- Damien Mars, a su servicio, ¡quería decirle que no quiero ningún contrato!
Eiken enarcó una ceja en cuanto escuchó aquello, acercándose al pelirrojo con cierta molestia.
- Firmaste. - Dijo rotundamente- No hay vuelta atrás, no tienes escapatoria. Estamos juntos hasta que mueras, así que acostúmbrate a mi presencia.
La respiración de Damien era agitada e irregular, pero fue capaz de calmarla un poco cuando Eiken salió de la cocina y fue directo a tumbarse en su cama. El humano le siguió como si de un perrito faldero se tratase, llevando consigo un vaso de agua.
Una vez allí, el moreno se dio cuenta de que aquel chico parecía estar analizándole. Ya lejos de estar tan asustado, parecía extrañamente curioso. Eiken esbozó una sonrisa de medio lado.
- ¿Tienes algo que decir? - Le instó- No muerdo.
Damien dudó un par de segundos, pero después se acercó con cautela y se sentó en el borde de la cama, en el punto más alejado de Eiken.
- ¿De verdad eres un demonio? - Preguntó sin apartar la mirada de su actual "invitado".
- Lo juro por Dios. - Bromeó el contrario, divertido- Sí, lo soy. No quiero sonar arrogante, pero soy uno bastante importante.
- ¿Hay rangos? - Prosiguió Damien- ¿Cómo subes de nivel?
- Chico, el infierno no es un videojuego. - Contestó, entretenido por su repentina curiosidad.
- Perdón... - Dijo el menor, colocándose el pelo detrás de la oreja y mostrando una pequeña sonrisa llena de timidez.
Eiken se sintió ligeramente confundido. ¿Cómo podía existir una persona lo suficientemente inocente como para sonreírle ya no sólo a un extraño, sino a un ente diabólico? ¿Y desde cuándo los humanos eran capaces de inspirar ternura?
- Pero... - Insistió Damien, sin percatarse de que Eiken no parecía prestarle mucha atención- En cuanto al contrato... ¿Es imposible deshacerlo?
- Mmhm. - Contestó el demonio, encogiéndose de hombros.
- ¿Y qué tengo que hacer? - Preguntó, algo nervioso por la posible respuesta.
- Vivir, Damien. Vivir y entretenerme, eso es todo. - Explicó brevemente- Sólo necesitas saber que tu vida no correrá peligro nunca más... Hasta que mueras.
El pelirrojo se encogió un poco, intentando aceptar lo que desde ahora sería su destino.
- No sé si compensa. - Confesó Damien.
- Depende de lo que haga contigo, probablemente no. - Dijo Eiken, siendo extrañamente sincero- Pero a partir de ahora estaré a tu lado. Nadie volverá a ponerte la mano encima ni volverás a tener miedo, porque estoy a tu servicio.
Mientras el menor reflexionaba todo aquello y empezaba a confiar en que, a pesar de ser tan surrealista y aterrador, también tenía su parte buena, Eiken era incapaz de pensar en nada más que en la nívea piel que Damien tenía al descubierto. ¿Qué cojones le estaba pasando? Le apetecía tocarla. Joder, no podía creerlo.
Los demonios disfrutan enormemente del sexo, del placer carnal y el pecado, pero por alguna razón Eiken nunca había sido así. Si bien había seducido a numerosos humanos, ninguno de ellos le produjo una verdadera excitación. Como demonio, nunca había deseado a nadie. ¿Entonces qué coño hacía fijándose en la tersa, probablemente suave, sensible... Piel de un humano cualquiera? No debía darle mucha importancia. Si surgía la ocasión, ya se acostaría con él y comprobaría si el sexo podía llegar a ser placentero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario