martes, 17 de mayo de 2016

Capítulo 2: Preguntas.





Damien despertó al día siguiente con un dolor de cabeza increíble, recordando pequeñas escenas de la pesadilla que tuvo la noche anterior. No era suficiente con la vida real, que a sus sueños se sumaban demonios... No podía creerlo. Bueno, al menos le alegraba la vista.
Salió de la cama bostezando sin nada más que unos bóxers blancos, dirigiéndose a la cocina a prepararse un café. Seguía sin asimilar lo increíblemente realista que podían ser sus pesadillas algunas veces.

- Buenos días. - Dijo una voz a sus espaldas, provocando que diera un pequeño bote.


Se giró y pudo ver la misma figura que creyó haber soñado. Había dos posibilidades: o se estaba volviendo loco o realmente había hecho un pacto con un demonio. Y, francamente, no sabía cuál de las dos opciones le gustaba más.


- He dicho buenos días. - Repitió Eiken, esta vez más impaciente- Creía que serías más educado.

- ¡Buenos días, señor! - Se apresuró a responder, temeroso.

Eiken se echó a reír allí mismo. ¿"Señor"? ¿Qué hacía aquel humano tratándole con tanto respeto? No le molestaba precisamente, pero le resultaba muy divertido. Un alma tan inocente, tan miedosa. Definitivamente lo iba a pasar muy bien.


- Lo siento si he dicho algo gracioso... - Damien agachó la cabeza, sumiso. Al fin y al cabo nunca le enseñaron cómo tratar con un ser sobrenatural.

- ¿Cómo te llamas? - Preguntó el demonio, ignorando su anterior comentario.
- Damien. - Contestó, pero en seguida temió haberlo hecho mal- Damien Mars, a su servicio, ¡quería decirle que no quiero ningún contrato!

Eiken enarcó una ceja en cuanto escuchó aquello, acercándose al pelirrojo con cierta molestia.


- Firmaste. - Dijo rotundamente- No hay vuelta atrás, no tienes escapatoria. Estamos juntos hasta que mueras, así que acostúmbrate a mi presencia.


La respiración de Damien era agitada e irregular, pero fue capaz de calmarla un poco cuando Eiken salió de la cocina y fue directo a tumbarse en su cama. El humano le siguió como si de un perrito faldero se tratase, llevando consigo un vaso de agua.

Una vez allí, el moreno se dio cuenta de que aquel chico parecía estar analizándole. Ya lejos de estar tan asustado, parecía extrañamente curioso. Eiken esbozó una sonrisa de medio lado.

- ¿Tienes algo que decir? - Le instó- No muerdo.


Damien dudó un par de segundos, pero después se acercó con cautela y se sentó en el borde de la cama, en el punto más alejado de Eiken.


- ¿De verdad eres un demonio? - Preguntó sin apartar la mirada de su actual "invitado".

- Lo juro por Dios. - Bromeó el contrario, divertido- Sí, lo soy. No quiero sonar arrogante, pero soy uno bastante importante.
- ¿Hay rangos? - Prosiguió Damien- ¿Cómo subes de nivel?
- Chico, el infierno no es un videojuego. - Contestó, entretenido por su repentina curiosidad.
- Perdón... - Dijo el menor, colocándose el pelo detrás de la oreja y mostrando una pequeña sonrisa llena de timidez.

Eiken se sintió ligeramente confundido. ¿Cómo podía existir una persona lo suficientemente inocente como para sonreírle ya no sólo a un extraño, sino a un ente diabólico? ¿Y desde cuándo los humanos eran capaces de inspirar ternura?


- Pero... - Insistió Damien, sin percatarse de que Eiken no parecía prestarle mucha atención- En cuanto al contrato... ¿Es imposible deshacerlo?

- Mmhm. - Contestó el demonio, encogiéndose de hombros.
- ¿Y qué tengo que hacer? - Preguntó, algo nervioso por la posible respuesta.
- Vivir, Damien. Vivir y entretenerme, eso es todo. - Explicó brevemente- Sólo necesitas saber que tu vida no correrá peligro nunca más... Hasta que mueras.

El pelirrojo se encogió un poco, intentando aceptar lo que desde ahora sería su destino.


- No sé si compensa. - Confesó Damien.

- Depende de lo que haga contigo, probablemente no. - Dijo Eiken, siendo extrañamente sincero- Pero a partir de ahora estaré a tu lado. Nadie volverá a ponerte la mano encima ni volverás a tener miedo, porque estoy a tu servicio.

Mientras el menor reflexionaba todo aquello y empezaba a confiar en que, a pesar de ser tan surrealista y aterrador, también tenía su parte buena, Eiken era incapaz de pensar en nada más que en la nívea piel que Damien tenía al descubierto. ¿Qué cojones le estaba pasando? Le apetecía tocarla. Joder, no podía creerlo.

Los demonios disfrutan enormemente del sexo, del placer carnal y el pecado, pero por alguna razón Eiken nunca había sido así. Si bien había seducido a numerosos humanos, ninguno de ellos le produjo una verdadera excitación. Como demonio, nunca había deseado a nadie. ¿Entonces qué coño hacía fijándose en la tersa, probablemente suave, sensible... Piel de un humano cualquiera? No debía darle mucha importancia. Si surgía la ocasión, ya se acostaría con él y comprobaría si el sexo podía llegar a ser placentero.

Capítulo 1: El contrato.




Era ya noche cerrada, el oscuro cielo cubierto de nubes ocultaba la luna llena, o al menos Agramón, desde su lugar privilegiado, era incapaz de verla. Sus pies colgaban del marco de aquel monumental reloj, Big Ben creía haberlo oído llamar, o algo similar, no estaba seguro. De lo que sí estaba seguro era de que la última vez que había estado en Londres no estaba allí. En realidad ni siquiera recordaba si por aquel entonces ya se llamaba Londres o era otro su nombre, pero de eso hacía ya ¿cuánto? ¿Unos 500 años más o menos? Era otra de las muchas cosas de las que no estaba seguro, sin embargo aquello eran nimiedades que ya podría pensar luego. Se estaba quedando sin tiempo, necesitaba un ancla o su cuerpo volvería al infierno, donde su espíritu se encontraba ahora mismo, porque ni aun siendo un demonio mayor se libraba de tener que encontrar un ser humano con el que hacer un contrato para poder vagar por aquel mundo que tanta curiosidad le despertaba. Le habían educado para destruirlo, como a todos sus hermanos y a todas las generaciones anteriores y posteriores a él, sí, pero eso no era lo único que le gustaba de aquel extraño lugar. Había muchas cosas divertidas en él, y una de ellas era ver cómo el tiempo transformaba todo a su alrededor, tiempo al que él permanecía indemne.


Utilizó sus manos para impulsarse hacia delante y saltar a lo que, gracias a la niebla, parecía el vacío. Jadeó al impactar contra el suelo, su cuerpo físico estaba empezando a debilitarse, si no encontraba un contrato con el que anclar su espíritu al mundo humano lo más probable era que terminara volviendo a los infiernos con el alba del nuevo día. No era como si eso le impidiera volver una vez se recuperara, pero era demasiado esfuerzo. Necesitaba encontrar a alguien ya, y con esa idea en mente empezó a caminar por las calles de la ciudad, atento a todos los sentimientos negativos que desbordaban el lugar, el problema era que la mayoría de cosas que era capaz de captar eran demasiado efímeras. Lo más común eran las venganzas, cosas que a lo sumo le podían llevar un par de años, y pasado ese tiempo tendría que buscar un nuevo ancla y estaría tal y como estaba en aquel momento. Lo que él buscaba era un contrato duradero, algo de por vida sería perfecto, incluso podía alargar la vida del inútil que accediera a cumplir con los requisitos que conllevaban hacer un contrato con él con tal de quedarse un poco más.


No sabía con exactitud el tiempo que llevaba andando por aquellas calles inhóspitas y deshabitadas -al menos ya a aquellas horas- cuando algo le llamó la atención. Era un sentimiento especialmente fuerte, miedo, le resultaba inconfundible, quizás por lo afín que era aquella sensación o por la intensidad con la que se producía. Conforme se fue acercando a la fuente pudo distinguir en ella también cierta desesperación y algo similar a necesidad de protección, pero no lo tuvo claro hasta que no estuvo parado frente al bloque de pisos del que provenían todos aquellos sentimientos. Tardó un par de minutos en determinar el apartamento exacto, de nuevo su debilidad hacía acto de presencia. Bufó al darse cuenta de que era uno de los más altos y no pensaba subir andando, demasiado esfuerzo. Dio gracias a que aún le quedara la fuerza suficiente como para manejar a su antojo lo visible que era su cuerpo y desplegó sus alas negras. En apenas unos segundos estuvo suspendido frente a una de las ventanas entreabiertas del piso, para combatir el bochorno de la noche, supuso el demonio. Sus pies se apoyaron sobre la cornisa y sus alas volvieron a plegarse, retornando a la vez su forma visible. La casa no era demasiado grande: salón, cocina y un par de habitaciones, más que suficiente. No le costó encontrar al dueño, solo tuvo que seguir aquel fuerte sentimiento que le había arrastrado hasta allí durante el último par de manzanas.


Al traspasar la puerta se encontró con un chico pelirrojo que lucía bastante agitado, nervioso, probablemente porque estaba sufriendo una pesadilla. Pesadilla que probablemente él mismo había ocasionado con su presencia, aunque también podía ser lo que le había atraído hasta allí. El chico era delgado, podía verlo a través de las sábanas, sin embargo no había nada que le resultara excesivamente llamativo, no le parecía nada más que el típico niño pijo con la vida resuelta, sin embargo eso avivó su curiosidad; un crío de esa calaña no tenía necesidad alguna de protección, menos aún miedos que le provocarán pesadillas tan vivas como la que él parecía estar teniendo. Se inclinó sobre la cama y le asestó un puntapié a una de las patas, con la suficiente fuerza como para hacer que ésta se moviera y el menor se respetará.


El muchacho pelirrojo saltó en su sitio, alarmado y sin comprender qué diablos acababa de pasar. Agramón prácticamente oía cómo su corazón palpitaba en el interior de su pecho, haciéndosele inevitable sonreír complacido. Damien tembló cuando alzó la mirada y se encontró con aquella figura que, en la penumbra, podía identificar como humana pero que solamente fue capaz de calificar como aterradora. Apenas era capaz de distinguir que se trataba de alguien, o algo, alto, vestido con ropa oscura y con el pelo lo suficientemente largo como para cubrirle buena parte de la cara, lo que le daba un aspecto aún más tétrico. De forma inconsciente reculó hasta chocar contra el cabecero de la cama. Una carcajada profunda desde los labios de su extraño acompañante le hizo estremecer.

-Tranquilo, que no voy a hacerte nada, no de momento al menos.­- Una sonrisa acompañó aquellas palabras, la simple sensación del miedo floreciendo en el interior de aquel muchacho resultaba revitalizante para Eiken. Dio un paso hacia delante, dejando que la luz de la lámpara hiciera visible su rostro.

-P…Pero tú… ¿Qué?... ¿Cómo?

- Seré breve: ¿Qué? Un demonio, Agramón para ser exacto, aunque puedes llamarme Eiken, te será más sencillo de recordar. ¿Cómo? Por la ventana, volando. Ahora ¿podemos pasar a la parte en la que asimilas que soy real y vamos a lo importante? Vengo a proponerte un trato.- Los ojos del muchacho le miraron con evidente desconcierto, como si no supieran a qué venía todo aquello, cosa que era evidente. Eiken mantuvo el silencio unos instantes, dejándole procesar todo aquello, sin embargo no era mucho el tiempo que le quedaba, un par de horas para el amanecer, quizás menos.

-No entiendo…- Fue lo único que el pelirrojo pudo articular, bajo y aún medio temblando, sin ser capaz de apartar los ojos de aquella imponente figura. Eiken desplegó sus alas ante el muchacho, que se frotó los ojos, incrédulo. Aquello tenía que ser un sueño, era la única explicación lógica para que aquello le pasara justamente a él, como si su vida no fuera lo suficientemente complicada ya de por sí.

-Escúchame bien porque no tengo demasiado tiempo y no me gusta repetirme. Tú tienes algún tipo de problema por el que necesitas protección, yo necesito alguien que me sirva de ancla para poder quedarme, así que quiero que me vendas tu alma a cambio de mi protección.

-¿Mi alma?- Eiken casi pudo sentir como el terror era palpable en cada palabra que brotaba de la boca ajena.

-Mhm, tú vives toda tu vida como hasta ahora pero conmigo evitando que nadie te haga daño y a cambio cuando tu vida termine en vez de descansar en paz me quedo con tu alma para lo que yo quiera, cabe la posibilidad de que la libere, pero no cuentes con ello.- Damien asintió, despacio, más por el shock que por pque entendiera nada de lo que estaba pasando en aquellos momentos. Eiken sonrió con amplitud, era consciente de que el pelirrojo no estaba del todo en sí, pero tenía que aprovechar ahora, una vez el contrato estuviera firmado no había vuelta atrás. Eiken rebusco en su bolsillo un papel arrugado y medio desgastado y una pluma antigua.- Sólo necesito que firmes aquí, con tu sangre.- Damien le miró incrédulo, aún sin moverse de la pequeña fortaleza que se había hecho en el cabecero de la cama, negando varias veces con la cabeza.

-Yo… No…- Entre tartamudeos intentaba añadir algo más pero la voz de Eiken le cortó.

-No te va doler, no seas miedica.- Sin añadir más se sentó a su lado y, como si aquello fuese lo más normal del mundo, hundió una de sus uñas en la palma de su propia mano, y empapo la pluma en su sangre, dejando sus nombre plasmado en uno de los lados del papel. Acto seguido le tendió la pluma al menor, que le miró confuso. Aprovechó que sus ojos parecieron quedarse perdidos en los propios para cogerle una de las manos y hacer lo mismo que había hecho con su mano, pero de una forma un tanto más suave, y colocó la pluma sobre la herida para que empapara. Una vez lista se la tendió al muchacho quien aún sumido en aquel trance firmó de forma torpe e irregular, mas fue suficiente, porque de inmediato Eiken sintió como toda su fuerza, vitalidad y poder volvían a él de golpe.- Perfecto, cara bonita, ahora a dormir, y que no te extrañe si tienes alguna pesadilla, es culpa mía.